Nos-otros

Aquí sólo hay soledad.

Me detuve dundando frente a la puerta del supermercado sin saber que hacer. Finalmente entré, cogí pan para mi solo, tres patatas y tres mandarinas -porque las hubiera cogido para ella, no por otra razón- y unas butifarras que cocinaré como lo hacía antes, pero ya sin alguien que me diga «que ricas», y sonria hundiendo la cuchara en el caldo con un lejano olor a tomillo y a romero que despertarían su gusto agotado. Más tarde, a las 12, ire de nuevo «allí» y me esperá su sonrisa eterna, su alegría indisimulada. Vendrán con una llave y abrirán la reja. Yo Sacaré la baraja -vuelve a contar cada día mejor- y jugaremos, viviendo así el presente de una forma que ya apenas se vive. «¿Como estás?» preguntaré, y ella dirá mirándome a los ojos serena «bien». ¿Recuerdo alguna queja suya en estos últimos 10 años? No. Sólo las pesadillas, que durante el sueño, derrotaban su inquebrantable voluntad. Esas pesadillas que la arrojaban a la noche con sus miedos más íntimos y a las que yo, de pronto y por una vez útil, respondía con un «tranquila, mama, todo está bien, tranquila, estás en casa».

Este es el gran secreto del mundo. Nos-otros: Yo soy yo y los otros.